Journey, de Thatgamecompany, es el típico juego del cual escuchas la típica frase «este juego no es para todo el mundo», y no puedo estar más en rotundo desacuerdo.

No existe nadie, absolutamente nadie, que lo haya probado y haya quedado decepcionado. Los motivos son complicados de explicar, por eso os invito a que dejéis de leer estas líneas y vayáis directos a comprarlo.

No os arrepentiréis. Llegar lo más vírgenes posibles de información a vuestra primera partida sería lo mejor que os podría pasar. A partir de aquí, todo se podría considerar spoilers.

Espero que si has seguido leyendo es porque ya has completado Journey, al menos una vez. O tal vez dos, o quizá ya vas por tu quinta partida. Cada partida de dos horas, es una experiencia, un mundo de sensaciones que te dejan satisfecho por el camino recorrido, por los nuevos descubrimientos, por los nuevos logros obtenidos. Y con ganas de repetir, sin duda.

Journey es uno de los pocos juegos que puede presumir de que, incluso a los que no les gusta hacer partidas nuevas, todo el mundo quiera una segunda vuelta nada más finalizar la primera.

Jugabilidad nostálgica

La mecánica jugable puede traer recuerdos de anteriores creaciones de este estudio. No será raro que, en algún vuelo de mayor intensidad, sintamos déjà vu de cuando hacíamos volar aquellos pétalos de flores en el hermoso Flower.

También repite en simplicidad de control, pues tan sólo se usan los sticks (izquierdo para el personaje, derecho para la cámara) y tres botones: X para saltar, O para emitir sonido y SELECT para sentarnos.

También se nos presenta como posible la opción del sensor de movimiento del mando para manejar la cámara y, aunque luego nadie lo use, acaba resultando un sorprendente acierto: en ocasiones, los movimientos naturales que hacemos con el mando nos brindarán increíbles panorámicas del paisaje.

Journey playstation
Los escenarios transmiten sentimientos.

La aventura no entraña demasiada dificultad, plataformas y algún pequeño puzzle son la base para avanzar. 

El juego no pretende suponer un desafío ni poner a prueba nuestra habilidad. Se trata de un viaje, una experiencia que despierta sensaciones, de un deleite de belleza mientras estamos ensimismados en la exploración y el descubrimiento.

Se trata de esbozar una sonrisa por cada pequeño detalle que observas, de sentir un impulso que te hace querer descubrir que te espera más allá.

Técnicamente preciosista

Los escenarios, en una paleta de colores que se mantiene siempre armónica y estable, ofrecen la variedad necesaria. Además, cada fase se reinventa para presentar siempre nuevos elementos.

A todo esto ponen el broche de oro los secretitos que hay esparcidos por el mundo, como los símbolos incandescentes (que potencian nuestro poder de salto) o los glifos, antiguos murales que desvelan acontecimientos del pasado.

Conseguirlos supone una ardua tarea, pues aunque algunos están bien a la vista, otros pocos nos harán investigar en los rincones más inesperados.